RESOLUCIO DE CONFLICTES


Resolución de conflictos en los centros: estrategias y habilidades 
Juan Vaello Orts 



“La escuela tradicional consideraba el orden un fin en sí mismo y los problemas de conducta 
como ofensas personales, desde una visión de las relaciones alumno-profesor impersonales, 
de desconfianza. El enfoque humanista considera el aprendizaje desde un punto de vista 
psicológico y sociológico, más que moral, haciendo hincapié en las relaciones personales, el 
respeto, la democracia o el afecto. Es decir, se trata de enseñar y que aprendan, pero sin 
provocar aversión hacia el aprendizaje, y de conseguir orden, pero sin provocar odio”. 
(Santos Guerra, 236). 


El problema 
Dar clase es una tarea complicada, pero hacerlo a los que no quieren mucho más. Si se 
encerrara a dos personas en una habitación durante un largo período de tiempo, con el 
encargo a una de ellas de obligar a la otra a realizar tareas contra su voluntad, el 
resultado sería una probable rebeldía de la persona obligada. ¿Interpretaríamos dicho 
plante como fruto del carácter conflictivo de la persona obligada? ¿Tendríamos derecho 
a etiquetarla como problemática? ¿Dónde está el problema: en la persona obligada, en la 
que obliga o en la situación? Es evidente el paralelismo de este ejemplo con el escenario 
que se presenta en los niveles educativos obligatorios, especialmente en edades 
próximas a la adolescencia, donde la obligatoriedad genera ya de entrada determinadas 
reacciones en contra, no atribuibles exclusivamente al alumno ni al profesor, sino más 
bien a la situación a la que uno y otro están expuestos. En esta situación potencialmente 
conflictiva el conflicto no es algo excepcional, sino más bien la consecuencia natural y 
lógica, derivada de la propia naturaleza situacional. No obstante, también es cierto que,  
partiendo de esta situación, hay profesores capaces de transformar esta situación en una 
actividad estimulante y atractiva, mientras otros contribuyen a que la sensación de 
obligatoriedad aumente. Ante esta situación, al profesor no le cabe otra alternativa que 
adaptarse funcionalmente, aprendiendo a manejar en su propio beneficio una serie de 
variables  que le permitan crear un clima favorecedor del aprendizaje y la convivencia. 

Las soluciones 
Aunque el diagnóstico no es complicado de realizar, las dificultades aparecen cuando 
buscamos el tratamiento a aplicar. La primera dificultad que se presenta es la cantidad 
de elementos implicados en el proceso educativo y socializador. Un planteamiento 
integral de la cuestión debería incluir a una serie de agentes supra-escolares como la 
administración educativa, la administración judicial y policial, Ayuntamientos, 
entidades culturales y sociales, o servicios de salud física y mental, además de las 
familias. Sin embargo, sólo tenemos control sobre los procesos que cada centro 
educativo y cada profesor pueden llevar a cabo, por lo que en este trabajo nos 
centraremos en ello. 
Algunas recomendaciones a tener en cuenta son las siguientes: 

 Contemplar los conflictos como una ocasión de crecer y formarse. En los niveles 
obligatorios de enseñanza, las tareas escolares siempre provocarán lógicas 
resistencias en algunos alumnos con escasos intereses académicos. Como en 
cualquier actividad forzada, la colisión de intereses acaba por provocar conflictos: 
para los alumnos que no ven interés ni utilidad en las actividades escolares la 
obligatoriedad de las mismas se les puede hacer insoportable. El esfuerzo del 
profesor por hacer atractiva y útil la materia puede maquillar el carácter obligatorio 
del trabajo escolar hasta convertirlo en algo deseable, pero no obstante, es muy 
probable que siempre quede un reducto de problemas de conducta sin resolver 
mediante estas estrategias de tipo instruccional. Se hace por lo tanto necesario que el 
profesor se forme en la adquisición de estrategias para afrontar las diferentes 
situaciones conflictivas que le van a acompañar, en mayor o menor medida, durante 
toda su carrera docente. El conflicto puede ser una magnífica oportunidad para 
resolver de forma creativa y formativa un problema mediante el esfuerzo conjunto 
del profesor y los alumnos, pues la consecución de una solución satisfactoria genera 
efectos gratificantes para todos: mejora la satisfacción docente del profesor y ayuda 
al alumno a crecer en su desarrollo moral y personal.  

 Usar la Educación Socio-Emocional (ESE) para evitar/resolver conflictos y 
aprovechar los conflictos para educar socio-emocionalmente. Los conflictos van 
ligados a una ausencia de competencias socio-emocionales, por lo que pueden ser 
considerados como ocasiones de aplicar cuñas socio-emocionales que corrijan 
actitudes inadecuadas y fomenten hábitos pro-sociales. Casi todos ellos son de 
índole socio-emocional: faltas de respeto y autocontrol, agresividad, desmotivación, 
ausencia de límites, son ejemplos de problemas que caen absolutamente dentro de 
las competencias sociales y emocionales de los alumnos. ¿Quién y cómo se encarga 
de la ESE? ¿Hay en los centros planes integrales encargados de esta faceta tan 
importante de la educación o se actúa intuitivamente, improvisando? Estas carencias 
sólo pueden ser subsanadas mediante actuaciones debidamente planificadas desde el 
centro, que persigan no sólo la resolución de conflictos, sino el fortalecimiento de 
hábitos sanos de convivencia, transferibles a la vida extra-escolar. Y sin embargo, 
nos solemos encontrar con un abandono casi absoluto de la vertiente formativa 
dedicada a lo socio-emocional. Cada profesor improvisa y decide, según su intuición 
y buena voluntad, cómo atajar los múltiples problemas que a diario se le presentan 
en este campo. 

 Crear un buen clima de clase. El clima de clase es el contexto social inmediato en el 
que cobran sentido todas las actuaciones de alumnos y profesores. Puede facilitar o 
dificultar en gran medida el trabajo del profesor y de los alumnos, pues aunque los 
conflictos pueden aparecer en cualquier momento, suelen aparecer cuando las 
oportunidades son favorables. Un clima de trabajo y convivencia pacífica hace que 
los perturbadores lo tengan más difícil y los que quieren trabajar más fácil, pero 
sobre todo tiene especial importancia para determinar hacia dónde se inclinan los 
alumnos dubitativos, instalados en la zona de incertidumbre, si hacia el lado del 
trabajo y la convivencia, o hacia el lado del fracaso académico y la disrupción. El 
paso de cada alumno a uno de los dos extremos modifica el clima general 
(mejorándolo o empeorándolo), y éste a su vez facilita los desplazamientos hacia 
uno u otro extremo, por lo que se crea un círculo cerrado que es necesario canalizar. 

 Variables del clima de clase. El clima de clase es el resultado de un entretejido de 
influencias recíprocas provocadas por multitud de variables de distintas categorías, 
no todas educativas, que conforman una estructura global y dinámica que determina 
en gran medida todo lo que ocurre en el aula. Estas variables no se pueden dejar al 
azar o la intuición de cada profesor, y se agrupan alrededor de tres grandes áreas de 
intervención

 Control. Es el requisito inicial imprescindible para poder plantearse objetivos 
académicos o de otra índole. Ha de ser mínimo pero suficiente, y se ha de 
procurar irlo sustituyendo por autocontrol del alumno. Hay cuatro herramientas 
básicas para mantener el control en el aula: 

o Establecimiento de límites, entendiendo por límites la frontera entre 
conductas adecuadas e inadecuadas que cada profesor y cada grupo 
establecen. 
o Advertencias. Son avisos a realizar cuando se incumplen los límites 
establecidos, y su finalidad es conminar al alumno a que cambie su 
conducta para evitar la aplicación de sanciones. 
o Compromisos. Suponen la última oportunidad para el alumno de evitar 
sanciones. Sólo se deben intentar cuando el alumno lo solicita y se ve 
una intención clara de intentar cumplirlos. 
o Sanciones. Son la consecuencia necesaria a aplicar cuando un alumno 
sigue un rumbo inadecuado, a pesar de haberle advertido y ofrecido la 
posibilidad de eludir la sanción mediante un cambio o compromiso. 
Tienen carácter formativo y así deben ser aplicadas y explicadas a los 
alumnos. 

 Relaciones interpersonales. Todo el tiempo de clase está impregnado de 
interacciones sociales entre alumnos y profesores, por lo que son la principal 
fuente de conflictos, pero también pueden ser la fuente principal de satisfacción. 
Deben ser cálidas, respetuosas y pro-sociales. Hay dos herramientas 
fundamentales que conducen a una relaciones gratificantes: 

o Respeto. Es la muestra más representativa de la reciprocidad y la 
asertividad. Respetarse mutuamente significa hacer valer los derechos 
propios sin pisotear los derechos ajenos. La mayoría de interacciones en 
clase pueden y deben ser reguladas por este principio de reciprocidad, 
pues el aunque el profesor tiene encomendado un rol diferente al de los 
alumnos, gran parte de su misión puede ser cumplida simplemente 
demandando al alumno lo mismo que él ofrece: respeto. 

o Empatía. Es algo más que el respeto. Supone ponerse en la perspectiva 
del otro, bien sea otro alumno, bien sea el profesor. Comprender qué 
siente una víctima cuando es amenazada o agredida, saber qué siente un 
profesor cuando pierde el control de la clase o saber qué siente un 
alumno sin perspectivas académicas, son ejemplos de la capacidad de 
adopción de perspectivas, que está en la base de la empatía. La empatía 
crea ambientes cálidos y amables, donde la ayuda y la comprensión 
mutuas rompen barreras y antagonismos, independientemente del rol que 
cada uno tenga asignado. 

 Rendimiento. Es el objetivo fundamental hacia el que está dirigido todo el 
proceso, pero no debería circunscribirse a lo cognitivo. Se debe procurar un 
rendimiento académico óptimo de todos y cada uno de los alumnos, lo cual no 
significa que todos deban rendir lo mismo, sino lo máximo dentro de sus 
posibilidades. Además, no se deben soslayar los logros socio-emocionales de los 
alumnos, especialmente de aquellos que no consiguen éxitos académicos. 
Aunque no se pueda conseguir que todos sean buenos estudiantes, sí es exigible 
que todos sean personas, en el sentido cívico de la palabra. El rendimiento 
académico de los alumnos puede ser favorecido por una serie de herramientas al 
alcance del profesor: 

o Inducción de expectativas. Nadie acomete una tarea si no espera nada 
gratificante de ella. Sin embargo, muchos estudiantes acuden cada día a 
clase sin ningún tipo de expectativas. Conseguir que todos los alumnos 
tengan algo que ganar en el desarrollo de la clase debe ser un objetivo 
central para el profesor. 
o Motivación. Hacer que quieran. Todos los esfuerzos que el profesor 
invierta en motivar a sus alumnos, los ahorrará en controlarlos. A más 
motivación, menos control. 
o Atención. Estar en el aula no es sinónimo de estar en clase. Hay alumnos 
que están materialmente en el aula, pero su mente está en otro sitio muy 
distante. La falta de atención genera gran parte de los problemas: sólo 
cuando un alumno centra su atención en el desarrollo de la clase, 
participando activamente en ella, podemos decir que está realmente en 
clase. Tener alumnos en el aula es una oportunidad para captar y 
mantener su atención, mediante el control de las corrientes atencionales y 
la mejora continua de los niveles atencionales conseguidos. 
o Atención a la diversidad. El rendimiento académico que cada alumno 
puede ofrecer es distinto al de los demás. La adaptación de objetivos, 
contenidos, metodología y criterios de evaluación es un requisito 
inexcusable para atender adecuadamente la diversidad de capacidades e 
intereses presentes en cada aula. La adaptación a las características del 
alumno, para obrar en consecuencia planteando una enseñanza “posible” 
para el alumno, aumenta notablemente las posibilidades de que se 
“enganchen” a la clase alumnos que de otra manera quedarían excluídos. 

 Tratar bien los resfriados evita pulmonías. La mayoría de situaciones que perturban 
el adecuado desarrollo de las actividades en un aula o un centro escolar suelen ser de 
poca gravedad y alta frecuencia. Son las rutinas perturbadoras, ligadas por lo general 
a la desmotivación, el aburrimiento y la ausencia de éxitos académicos, con la 
búsqueda consiguiente de protagonismo mediante conductas inapropiadas. En un 
estudio realizado en varios centros de secundaria, casi el 70% de las quejas de los 
profesores sobre el comportamiento de sus alumnos se referían a conductas tales 
como llegar tarde a clase, no sacar el material, molestar a los compañeros o 
desobedecer las indicaciones del profesor. Pertenecen a una categoría de conductas 
disruptivas, perturbadoras del clima de clase, pero no violentas ni atentatorias contra 
la integridad y la dignidad de los demás. Si se consigue reducir al mínimo este tipo 
de conductas se reduce gran parte de la conflictividad, además de que 
indirectamente también acaban disminuyendo las conductas más graves. 

 Actuar por principios. Con demasiada frecuencia, el profesor espera a que aparezca 
un problema de conducta para aplicar intuitiva e improvisadamente determinadas 
medidas. Este funcionamiento por ensayo y error provoca a menudo contradicciones 
que generan en el alumno desorientación, que puede ser evitada si se siguen de 
forma habitual unos principios de actuación coherentes que guíen todas nuestras 
intervenciones. La eficacia de la gestión de la convivencia depende no tanto de qué 
tipo de estrategias se utilizan, sino de los principios en que se sustentan, de modo 
que la efectividad no se resiente si se sustituyen unas estrategias por otras basadas 
en el mismo principio. Los principios fundamentales a seguir, a nuestro juicio, son. 

o Economía. Lo complicado no funciona. Hay que utilizar procesos 
simples, en cuanto a personas implicadas (lo que pueda resolver un 
profesor, mejor que implicar a varios innecesariamente), burocracia (lo 
que se pueda resolver sin papeles superfluos, mejor que con un papeleo 
innecesario) y tiempo (lo que se pueda resolver en plazos breves, mejor 
que en largos procesos). 
o Eficacia. Un proceso es eficaz cuando evita y/o resuelve problemas. Se 
hace imprescindible realizar una evaluación sistemática de la eficacia de 
cada procedimiento que se aplique, sustituyendo los rituales no eficaces 
aplicados mecánicamente por otros de mayor operatividad. 
o Planificación. Si sabemos que van a aparecer los mismos conflictos de 
siempre, en los mismos lugares de siempre y en los mismos momentos 
de siempre, ¿por qué no planificar las actuaciones con antelación? La 
planificación supone visualizar problemas y decidir intervenciones con 
las características arriba enunciadas, antes de que los conflictos 
previsibles y ya conocidos de antemano aparezcan. 
o Implementación de los procesos. Cualquier plan o proyecto, aunque sean 
modelos perfectos en teoría, no resultarán eficaces si no se piensa en la 
manera de implementarlos, de llevarlos a la práctica. Para que un 
colectivo aplique eficazmente un procedimiento (en este caso de 
resolución de conflictos) debe: 
1. Ser conocido y  comprendido por todos, si fisuras, para lo cual es 
fundamental una difusión adecuada. 
2. Ser aceptado por todos, con un compromiso sincero para su 
aplicación coordinada (persuasión). La utilidad y la simplicidad 
de los procesos son dos mecanismos poderosos a la hora de 
convencer. 
3. Ser valorado y revisado para pulir defectos y realizar ajustes que 
mejoren su efectividad. 

 Unificación de criterios. La aplicación de medidas comunes a todo un centro o 
equipo docente potencia la eficacia y el poder de dichas medidas; por el contrario, la 
disparidad de criterios debilita la capacidad del profesor de influir sobre los 
alumnos. Por lo tanto, es crucial ponerse de acuerdo y comprometerse 
colectivamente en la decisión y aplicación de procedimientos. Para ello, ayuda la 
simplicidad de las normas y medidas a aplicar, así como el corto número de ellas. 
En este aspecto, tiene especial importancia la potenciación de los equipos docentes 
(los “inexistentes equipos docentes”), cuyo funcionamiento coordinado es una 
necesidad inaplazable.   

 Desnudar los problemas: la firmeza relajada. Los conflictos suelen ir acompañados 
de circunstancias que los agravan y no son inherentes al propio conflicto, sino 
consecuencia de la forma de afrontarlo. El enfado explosivo del profesor, los gritos 
y acusaciones, la tensión o los comentarios sarcásticos son algunas de las 
vestimentas que suelen adornar las  intervenciones disciplinarias y que los agravan 
innecesariamente, sin añadir nada positivo de cara a su resolución. Conviene pues 
desnudar el problema y despojarlo, en la medida de lo posible, de todos los 
aditamentos emocionales posibles para afrontarlo de la forma más relajada y 
despersonalizada posible, pues así se facilita una solución efectiva y satisfactoria 
para todos. La firmeza no tiene por qué llevar aparejadas tensión y reacciones 
encolerizadas, que suelen reforzar las conductas que se quieren inhibir, produciendo 
resultados no deseados. La mayoría de los conflictos en las aulas se derivan de un 
choque de roles: un profesor que obliga a realizar tareas, y un alumno que se siente 
obligado y no acepta dicha imposición, rebelándose. No deberían ser por tanto 
conflictos personales, pero lo acaban pareciendo, por las connotaciones que los 
acompañan: gritos, amenazas, enfados, crispación, etc. Si el profesor afronta los 
conflictos como algo personal (lo que es demasiado frecuente), entra en la dinámica 
preferida de los alumnos problemáticos, pues les permite establecer una pugna con 
la persona que les está obligando a hacer lo que no quieren hacer. 

 Adoptar una perspectiva proactiva. Una perspectiva proactiva en la gestión de la 
convivencia es la que intenta resolver los conflictos futuros aprovechando los 
conflictos actuales (“qué debo hacer para que no vuelva a ocurrir”), frente a una 
perspectiva reactiva, centrada en resolver los problemas pasados y saldar las cuentas 
(“esto merece un escarmiento”, “esto no puede quedar así”). La perspectiva 
proactiva convierte la resolución de un conflicto actual en prevención de un 
conflicto futuro (tabla 1). Por ejemplo, aplazar una medida disciplinaria ligando su 
aplicación (o no aplicación) a un cambio en la conducta futura del alumno supone 
poner el acento en cambiar conductas futuras del alumno más que en castigar por los 
hechos pasados.  

Tabla 1. Disciplina proactiva y reactiva. 
Disciplina proactiva Disciplina reactiva 
Actúa a priori, se anticipa a los problemas Actúa a posteriori, sigue a los problemas 
Intenta resolver el futuro Intenta resolver el pasado 
Considera el orden como un medio para facilitar el 
aprendizaje Considera el orden como un fin en sí mismo 
Busca construir la convivencia Busca ajustar cuentas, dejar saldos a cero 
Ve los conflictos como una ocasión Ve los conflictos como un problema 
Va los conflictos como algo natural y positivo Ve los conflictos como algo extraordinario y 
negativo 
“Esto merece ser analizado para que no vuelva a 
ocurrir” “Esto merece un castigo” 


 Usar las medidas punitivas como último recurso. Las medidas punitivas, por sus 
efectos secundarios negativos, deben ser el último recurso al que acudir. Siempre 
serán preferibles intervenciones encaminadas a “enganchar” al alumno en la 
dinámica de la clase, y sólo cuando las estrategias motivacionales e instruccionales 
no hayan dado resultado y la no intervención del profesor pueda generar males 
mayores, como el deterioro del clima de la clase o la interferencia en el trabajo de 
otros alumnos, se debería pasar al uso de medidas punitivas. 


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Resolución de conflictos en los centros: estrategias y habilidades 
Juan Vaello Orts 
Alicante, Jornadas 2006 

La escolaridad obligatoria crea situaciones potencialmente conflictivas de modo que 
los conflictos son algo natural de esta situación. Sin embargo, la dificultad de hallar una 
solución estriba en la cantidad de elementos implicados en el proceso educativo y 
socializador. Algunas recomendaciones a tener en cuenta son las siguientes: 

 Contemplar los conflictos como una ocasión de crecer y formarse
 Usar la Educación Socio-Emocional (ESE) para evitar/resolver conflictos y 
aprovechar los conflictos para educar socio-emocionalmente. Casi todos ellos son 
de índole socio-emocional: faltas de respeto y autocontrol, agresividad, 
desmotivación, ausencia de límites, son ejemplos de problemas que caen 
absolutamente dentro de las competencias sociales y emocionales de los alumnos 
Estas carencias sólo pueden ser subsanadas mediante actuaciones debidamente 
planificadas desde el centro, que persigan no sólo la resolución de conflictos, sino el 
fortalecimiento de hábitos sanos de convivencia, transferibles a la vida extra-escolar.  
 Crear un buen clima de clase. El clima de clase es el contexto social inmediato en el 
que cobran sentido todas las actuaciones de alumnos y profesores 
 Variables del clima de clase. Estas variables no se pueden dejar al azar o la intuición 
de cada profesor, y se agrupan alrededor de tres grandes áreas de intervención
Control (Establecimiento de límites, Advertencias. Compromisos) Sanciones
Relaciones interpersonales (respeto y empatía); rendimiento (inducción de 
expectativas, motivación, atención y atención a la diversidad). 
 Actuar por principios. La eficacia de la gestión de la convivencia depende no tanto 
de qué tipo de estrategias se utilizan, sino de los principios en que se sustentan, de 
modo que la efectividad no se resiente si se sustituyen unas estrategias por otras 
basadas en el mismo principio. Los principios fundamentales a seguir, a nuestro 
juicio, son: Economía, Eficacia, Planificación e Implementación de los procesos. 
Para que un colectivo aplique eficazmente un procedimiento (en este caso de 
resolución de conflictos) debe: 
1. Ser conocido y  comprendido por todos, si fisuras, para lo cual es 
fundamental una difusión adecuada. 
2. Ser aceptado por todos, con un compromiso sincero para su aplicación 
coordinada (persuasión). La utilidad y la simplicidad de los procesos son dos 
mecanismos poderosos a la hora de convencer. 
3. Ser valorado y revisado para pulir defectos y realizar ajustes que mejoren su 
efectividad. 
 Unificación de criterios. 
 Desnudar los problemas: la firmeza relajada. Eliminar los agravantes emocionales 
para afrontar el conflicto de modo despersonalizado. 
 Adoptar una perspectiva proactiva. La perspectiva proactiva convierte la resolución 
de un conflicto actual en prevención de un conflicto futuro 
 Usar las medidas punitivas como último recurso.